Mascotas

O esas almas acompañantes

Cesar y Vittorio

Hace pocos días, murió uno de los perros de un querido compañero que tuve en la universidad. César. Al igual que yo, profesa un amor infinito, en especial a los perros. Publicó en su face la triste noticia, dedicándole un emotivo mensaje a Vittorio a quien consideraba, según sus propias palabras, a uno más de su manada. “Hoy después de 8 años vuelvo a perder a un miembro de mi manada”.

Si bien Cesar ya es padre hace pocos años, nunca dejó de brindarle amor, mimos y cuidados a sus perros, en realidad más que mascotas, son como sus propios hijos. Su novia Romina, obviamente, comparte este mismo amor. No podría ser de otra forma.

También hace pocos días atrás, un compañero del Colegio, Felipe, perdió al perro que era de su padre el Negro, pero con quien tenía una hermosa relación de amor, amistad y aventuras cada vez que se reencontraban. Su propio hijo, también tuvo la fortuna de amar a esta mascota, quien era parte importante de la familia, desde hace muchos años. Hubo, desde luego, palabras sentidas de despedida a través de redes sociales, sin importar el qué dirán y demostrando una vez más, cuán importante pueden ser estos seres en nuestra existencia.

Negro

Mi niñez y las mascotas

Es imposible hacer un recuento de mi vida, desde la niñez hasta ahora, sin que no tuvieran injerencia los animales que han estado allí presentes y muy para mi fortuna. Ellos hicieron que mi vida fuese más dulce. Desde lagartijas, tortugas, ardillas, cuyes, gatos y perros. Mi existencia no ha sido fácil, pero ellos, me han aportado amor sincero y esperanza en la vida. Así de importante.

Mientras más pienso en ello, comienzo a recordar a cada mascota que ha pasado por mi vida ¡y son tantos! En serio, mucho más de lo que pensaba.

Tengo un tenue recuerdo, debí haber tenido unos tres años cuando mi padre, al parecer en un primer intento de ver mi reacción, me llevó de regalo un perrito a pilas. El tema es que era bastante real, o al menos así yo lo veía, porque ladraba, caminaba y movía la cola. En mi corazón infantil y a mis breves años, mi amor por la mascota mecánica era verdadero, porque lo bañaba bien seguido (creo que ahí se le fue echando a perder el circuito), pero jamás me negaron el meterlo al agua y refregarlo en abundante espuma. Yo creo que a mis padres les daba bastante gracia ver mi relación con robotdog. Pasaron muchos años y yo aún lo conservaba, mientras el pelo falso y los constantes baños fueron haciendo lo suyo…Simplemente no podía deshacerme tan fácil de quien fuera mi primera mascota, a pilas o no, era MI mascota y punto.

A mis cuatro o cinco años, mis padres me regalaron una tortuga de tierra. Una mascota poco habitual, en realidad mi vida es muy poco habitual, pero en fin… La llamamos Zuni Zunilda. Cada vez que yo llegaba del jardín infantil la abrazaba muy contenta y ella se orinaba de felicidad, entonces yo tenía que cambiarme el buzo de color azul marino porque lo mojaba mucho y la mancha de pipí no se veía nada de bien. 

Ella también era feliz sabiendo que nos teníamos la una a la otra. Le gustaba comer lechuga y tomar el tibio sol que entraba en la tarde, por la ventana. Con los años, mis padres la regalaron, según ellos, a una familia mapuche. Muchas veces pienso en ella y en cómo estará, porque es sabido que son muy longevas llegando a vivir más de cien años incluso, entonces es probable que siga viva en algún lugar. Sea donde sea que estés amada Zuni, deseo que estés bien..

En el campo, en la casa de mis abuelos maternos, estaba Pinto, que de pinto no tenía nada porque era completamente blanco. Chileno hasta los huesos Pinto era un gracioso y enérgico perrito de tamaño mediano-pequeño, pero lo que no tenía en porte lo tenía en garra y carácter. Hacía rondas todas las noches por toda la casa y el gran patio que había, recorriendo cada rincón, saltando la acequia, por debajo de la higuera, del níspero y del palto…entre matas de maíz, porotos verdes o tomates. Nada era un obstáculo para él. Ni siquiera la Rafaela, una hermosa y dulce perrita tipo Lazzy de quien estaba total y absolutamente enamorado, pero que jamás logró conquistar pese a sus insistentes esfuerzos. Pinto vivió muchos años, hasta que un día, ya estando muy viejito y caminando ya con dificultad, lo noté extraño. Cuando cayó la noche, no vigiló la casa de los abuelos como era su costumbre, sino que se tumbó debajo del sillón de mimbre que estaba afuera, en la terraza. Así estuvo durante horas. Ya entrada la noche, sentí unos sonidos extraños, afuera en la terraza. Era Pinto que se había dormido para siempre… Aquella fue una noche tibia de verano.

 

Martina, fue mi primera gata. Una belleza blanca con machitas de colores, media angora, con pelaje de seda. De ojos verde amarillos, completamente profundos y almendrados. Una lady, por donde se le mirara y ella lo sabía…pese a sus orígenes campestres, ella tenía una altivez natural. Su cola era su mejor accesorio y la movía con finura, lentitud y elegancia extrema. La trajeron de la casa de mis abuelos maternos a Santiago a un departamento en pleno centro de Santiago. Yo ya tenía siete u ocho años. Martina era muy apegada a mí, por eso no dude en pedir que me la trajeran cuando el vivir sin hermanos y en un departamento sin balcón ni terraza, pero cerca de una hermosa plaza (Plaza Brasil) seguramente hacía de mis tardes algo aburridas. Todo eso cambió cuando pude tener a Martina junto a mí. Disfrutábamos viendo los monitos en la tele. También se quedaba a mi lado mientras yo dibujaba y pintaba en el suelo, con lápices de colores. Sin embargo, nuestro panorama favorito era ver juntas El Profesor Rossa, el día domingo. Yo me ponía de guata en la alfombra chilota que había en el living, una hermosura de franjas de llamativos colores y bastante cálida, mientras en una mano sostenía un vaso de leche de greda de Pomaire  y en la otra, tenía varias monedas de chocolate, que eran un boom en los años ochenta. Yo de guata mirando absorta al divertido Profesor Rossa y al Guru Guru parlanchín, y Martina ronroneando en el hueco de mi espalda. A ella le gustaba también tomar leche, lo hacía en un platito y yo se la daba tibia siempre, también disfrutaba de la carne molida, cruda. Yo bajaba casi a diario los cuatro pisos del antiguo edificio, para comprarle al tío del negocio “un octavo de carne molida por favor”. Enloquecía con los ovillitos de lana y las bolsas plásticas. Ella a pesar de ser de la alta nobleza, nunca dejó de jugar. Jamás la olvidé. Éramos realmente felices…

Dulce (Martina reencarnada, foto real)

Dulce (Martina reencarnada, foto real)

Por varias y adversas circunstancias, yo me fui al sur a la casa de mi abuela paterna por un tiempo, al frío y lluvioso Concepción, pero la lluvia nunca fue un problema para mí realmente. A Martina la llevaron de vuelta al campo. Jamás volví a verla. Sin embargo supe, por primera vez, el tener el inmenso y profundo agrado de amar a un gato. Pasaron casi treinta años y un día, en un bolsito para mascotas, me trajeron de regalo una gatita. Era exactamente igual a Martina, quedé en shock un rato porque nunca la olvidé. Sus manchas y sus ojos ¡¡era ella que había renacido para que pudiéramos volver a vernos y abrazarnos!!!, pero esta nueva historia, también tuvo un abrupto fin, del que estoy esperando aún el feliz desenlace.  ¡¡Porque las historias de gatos son increíbles!!!

Continuará…