Mascotas (Continuación)

O esas almas acompañantes

Pasaron los años y me fui a vivir a Maipú, a una villa donde las casas, eran las típicas casas de “tres dormitorios y living-comedor” todo un cliché en los despuntes de los años 90’. ¡¡Diez años y ya tenía patio!! Nada espectacular, pero ya podía imaginar a un perro jugando y saltando en él… Atrás quedaba el encierro del departamento y podía respirar “aire fresco”.  El Atari fue reemplazado por una bicicleta rosada y canasto delantero, marca Oxford. Todo un deleite urbano y veloz para mis ya preadolescentes años. Pasaron varios perros que adoptamos con mi padre, pero eran callejeros sin remedio, así es que podían entrar y salir relativamente en forma libre, donde obviamente la comida y los mimos hacían que regresaran varias veces al día. Digamos que eran “Mascotas libres”.

 También pasó un conejo, que se comía siempre las plantas de la vecina, y un hámster. Aníbal era su nombre. Dormía durante todo el día, y en la noche comía y corría incansablemente en su ruedita de metal. No dejaba dormir. Adicto a las maravillas, trocitos de manzana y zanahorias, también le gustaban las acelgas que crecían solas en el patio porque todo ese sector antes habían sido parcelas agrícolas, por lo que los budines de acelga eran pan de cada fin de semana (igual me encantan). Tomaba harta agüita, primero en una divertida pero incómoda tacita de té para muñecas, pero nada agradable para un hámster, así es que después tuvo un topísmo bebedero de vidrio. Me gusta verlo tomar agua allí, porque salían burbujas del extremo donde el cuye bebía y era muy relajante ver eso.  Aníbal era un gordito simpático y juguetón. Un día de verano llegamos a la casa luego de un par de días afuera. Por lo mismo le dejamos mucha comida y frutas (ya sabíamos de su adicción) pero las hormigas no sólo se contentaron con las manzanas, sino que también atacaron su ojito. Mi padre lo puso a “dormir”. Lo enterramos en el patio y allí quedó para siempre. En Maipú, paradero 9.

Aníbal y mi padre como portada de un libro

Aníbal también le puse, pero no por el hámster (que San Francisco lo tenga en su reino), sino que por Hanibal Lecter, el protagonista de la película El silencio de los inocentes, porque se comía y mordía lo que se cruzara con sus afilados colmillos. Un perro cachorro de aproximadamente cuatro meses, que llegó desde el Barrio Alto, como regalo de agradecimiento que le hizo un alumno a mi padre, ya que, gracias a sus clases particulares, pudo entrar a la universidad.

De raza fina, un Airedale Terrier legítimo, Aníbal llegó a alegrar mi complicada adolescencia. Tenía unos ojos tan dulces que podía perderme en ellos. Compañero de juegos y de largas caminatas por la villa en las tardes, para distraerme.

A veces salía bien entrada la noche con él, pero sabía que nada me pasaría mientras me acompañara. Pese a sus ojitos de aceituna y barba bonachona como de viejo sabio, su porte y sus grandes patas peludas, unidos a su estampa de gran señor, resultaban la mezcla perfecta entre guardaespaldas y hombre de las nieves. Aníbal, fue un gran amigo. Me hacía reír con sus gracias y era admirado por su belleza. Salió en la tele dos veces y fue portada de un libro, donde fui la fotógrafa. Fue un excelente perro. Muy querido por todos. Juguetón y amable con los niños, pero no con los carteros, ni los que traían las cuentas a la casa. Jamás se portó mal, con algún otro perro que llegara a la casa como “mascota libre”, Pienso que él sabía perfectamente quién era el real “dueño de casa” y no le importaba compartir su pocillo de agua, incluso con los pajaritos que, atrevidamente, se metían de lleno a su plato de comida, pero el por las tardes no se iba a molestar en corretear a unos inocentes seres y prefería dormitar en el freso del cemento en el patio o echado en el sillón del living en extrañas y divertidísimas posturas. Cuando murió de viejito, en el sur de Chile, mi padre casi se volvió loco. Lloró por días. Absolutamente devastado por quien consideraba un hijo más, no tuve más remedio, pasado un tiempo, que llevarme en una jaula para mascota, un perro de similares características desde Santiago hasta el sur, donde mi padre vive hasta hoy, también un Terrier, también machito, muy parecido a Aníbal, pero en versión mini… Sé que nunca reemplazó al original, pero este nuevo hijo compartió extraña y mágicamente varias características del primero: Ojos, barbita y una sed increíble de interminables paseos, en especial por el campus de la Universidad de Concepción donde era conocido y regaloneado por los “chiquillos“ estudiantes, o por la orilla del mar y por encima de las rocas..

Aníbal II en la Universidad de Concepción.

También un día para él llegó la vejez y la muerte, esta vez no hubo otro Aníbal. Ambos descansan uno al lado del otro en un pequeño patio con su respectivo señuelo, en un eterno compañerismo.

Ruperto y yo en Las Vertientes, Cajón del Maipo

Ruperto

Ruperto es y será la lealtad materializada en un perro. El día que apareció por primera vez en mi vida, lo vi “liderando” una pequeña banda de perros callejeros. Chiquito y de patas cortas, fue muy gracioso verlo como capitán de tan escuálida tripulación. Más su prestancia, tan desproporcional al tamaño, sumado a un colmillo inferior sobresaliente, le daban un aire porteño y con onda. Lo imaginé de inmediato con un pañuelo al cuello…En ese tiempo, disfrutaba de una complicada soltería y anhelaba en mi corazón tener nuevamente un perro como mascota, así es que tomarlo como un regalo del cielo fue bastante fácil. 

Nos llevamos estupendamente desde el inicio. Había algo muy curioso en él, puesto que cuando lo recogí, el veterinario al ver sus dientes me dijo que debía tener siete u ocho años (vivió doce años más), pero actuaba y yo lo sentía como un cachorro avejentado, o un viejo “alolado” nunca me quedó claro… Era un perro muy sensible a la “energía” de las personas, mostrándose amable y dócil con la gente con “buena vibra” y, por el contrario, nervioso y algo arisco, con los más “densos”. Fue mi fiel compañía, desde fines del año 2008, hasta mediados del 2017. Todo un veterano. Acompañándome a una serie de cambios de vivienda, desde un céntrico departamento en un piso 26 por casi siete años y, donde aguantamos gallardamente y a esa gran altura, el terremoto del 27 de febrero de 2010. Pasando también por el pintoresco Cajón del Maipo, donde disfrutamos del aire fresco de la montaña y el cantar de los pájaros, lo que nos vino muy bien a nuestra conexión pues era ya su “último tiempo” donde quedó registro en una fotografía uno de los momentos más felices de mi existencia…

De a poco su vida comenzó a ser como en cámara lenta. Comía menos, pero siempre fue bueno para tomar agua. En ese tiempo yo iba y venía y lo tenía donde mi madre para que lo cuidara mientras yo atendía un pequeño emprendimiento. Viajaba varias horas para verlo todas las semanas, ya sabía que estaba viejito y su salud empeoraba cada vez más. Un día, mi madre me llama por teléfono que Ruperto estaba mal, y hacía mucho ruido al respirar. Viaje de inmediato. Fue entonces cuando fui testigo de uno de los actos de amor más hermoso de mi vida. Ruperto estaba recostado, prácticamente agonizando, pero me sintió llegar y al escuchar mi voz se levantó y caminó hacia mí titubeante con las últimas energías que le quedaban. Ese mismo día le prometí que le ayudaría a descansar si él me lo permitía, para acabar con su sufrimiento y fue ahí que él me transmitió que ya no daba más, que ya habían sido suficientes años acompañándome, pero ya no podía más. Llamé a la veterinaria más tierna que he conocido, y tras ponerle la “inyección” mientras yo tomaba su patita, dio un último suspiro y descansó, por fin, para siempre…

Esa noche, dormí cerca suyo. Lo acosté en su camita de mimbre que le regaló su tía María Luisa y lo cubrí con mi mantita chilota. Encima le puse varias piedritas que sé le gustaban. Le dejé su dulce rostro al descubierto para dormirme mirando, a la luz de una vela, al ser que tantos años y tan fiel y dulcemente acompañó mis pasos, escuchó mis llantos, fue testigo de mis varios, pero infructuosos romances, vimos miles de películas, leímos cientos de libros, vimos mil atardeceres, escuchamos caer la lluvia en los inviernos, tomamos interminables siestas y jugamos a la familia. El regalón de mis amistades, siempre contento, con su caminar travieso y su lengüita burlona siempre afuera. Fue Ruperto mi perro más amado.  Lo amaba y sé que él también lo hizo.

SE BUSCA. SE LLAMA DULCE

Dulce (Martina reencarnada, foto real)

Falta en esta historia Dulce, la reencarnación de Martina, la gatita de la que hablé en el post anterior y la última mascota “oficial” que tuve. Digo oficial, así entre comillas, porque los que amamos de esta forma tan intensa a los animales, siempre tenemos amor para dar a cualquier animalito que veamos lo necesite, adoptando incluso de forma parcial las mascotas de nuestros vecinos. Pero esa historia tiene capítulos que aún no se terminan de escribir y que espero pueda pronto contarles un final feliz. Les adelanto eso sí, que no era gatita, sino que tras una esterilización descubrieron que era macho, pero su nombre Dulce ya estaba inscrito en mi corazón. Vive en la comuna de Ñuñoa, en Santiago, en una calle llamada Eduardo Castillo Velasco, en el sector de Plaza Ñuñoa, muy cerca de la calle Juan Enrique Concha, si lo ven, avísenme para que pueda volverme el alma al cuerpo…